miércoles, 25 de diciembre de 2013

¡HA LLEGADO LA ALEGRÍA DE LA FIESTA!


Libre del exterior y esclavo de sí mismo, como todos los solitarios. Rodeado de nadie, uno tropieza consigo mismo y se maldice. Y entonces, acabada la maldición, se ve uno a sí mismo como desde el exterior, como si de un observador ajeno se tratase. Y como está uno solo como la una, se dice en voz alta: qué sujeto tan extraño, tan incomprensible, tan gris...
Hay soledades con la que uno no está conforme. La soledad de unas sobras frías del día anterior en el plato... con el invierno atroz disparando desde todos los ángulos. Una soledad de la que la vida es irresponsable, porque por más vidas que viva el solitario, nada nuevo surgirá de entre la espesura, cual salteador de caminos, para tomarle de la mano y volando, dejar allá abajo esa soledad informe, indodora e incolora... los milagros son pajas mentales salidas de la imaginación pervertida de algunos solitarios.
De la soledad no se puede huir como de la ociosidad... Y las sobras frías del día anterior, no hacen más que desaparecer del plato y desasosegar las tripas.
No sé si la soledad se habrá habituado a mí , pero a mí me resulta agobiante, por lo de compañía que tiene. Es como tener a alguien al lado, mirándote, cruzándose en tu trayectoria, cuando quieres estar pertrechado y placenteramente aburrido: la soledad, entonces, nos toca donde más duele y la mente se estremece de agonía.
Un exterior frío, gris, lluvioso, y una vastedad de tiempo pasado a los hombros, un pesado pasado del que ya no queda nadie, ni casi el recuerdo. De vez en cuando se vuelve a romper el silencio con un bombardeo de maldiciones pobres, vacías, repetidas, hacia uno mismo. Y uno, quién sabe si envidiando al dos, ya no es más que un proyecto de cenizas cargadas de muerte, cagadas por las emociones, vomitadas por el llanto silencioso, cenizas que llevará el viento allende las soledades son poesía masturbatoria.