viernes, 9 de diciembre de 2016

ITALIANIZÁNDONOS UN POCO

Al entusiasmo, si se le riega con las frescas y cristalinas aguas de la primera vez, las de la última vez también valen, se le mantiene vivo, terso y hermoso. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que la sentencia del jurado de las urnas resuene a percusión de madera en nuestros oidos? 


Las sentencias togadas tienen algo de emocionante, de almidonado entusiasmo, porque ocurren de higos a brevas y mariposean en nuestro estómago...salvo aquellos que consuelan las arrobas de su panza en la política, más abonados al banquillo de los reos y al ágape de alto copete que a la rutina y la estrechez del trabajo por cuenta ajena. Pero aquella sentencia de la que depende la aprobación o rechazo de una opción política, la electoral, ya se sucede con demasiada frecuencia. A una investidura sucede otra desvestidura con tanta prisa que las vergüenzas no tienen casi tiempo ni a orearse y la vista queda siempre por recrear. 

La fiesta de la democracia ya se le parece en algo a la multa de tráfico que, por adivinada, cuando llega, no entusiasma, sino que cabrea. ¿Cuánto tiempo quedará para que las opiniones individuales, las de vino cosechero y las de gran reserva, sean convocadas a la urna donde los papelillos pintarrajeados, como espermatozoides, esperan a encontrar un óvulo, una victoria a huevo, para mejor cebe de la clase social de las gratuidades, estipendios y subvenciones parlamentarias ? En unos meses, el artículo 155 de la Constitución puede hasta haber cambiad de sexo.


El prejuicio, esa simplificación fruto de la vagancia, sirve para etiquetar a los individuos en grupos, y su comportamiento emparejarlo al de los rebaños trashumantes ; y sirve - “un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo”- ,  al ocioso engaño de obnubilar nuestras espectativas. ¡Viva José Luis López Vázquez!


 ¿Cuántas estaciones han de pasar hasta que las preocupaciones ajenas al gobierno de lo común, las impuestas por el otro yo que son los otros, guíen una vez más el sentido de nuestro sufragio? Si fuera imposible aprobar unos nuevos presupuestos, se  dejaría pasar el invierno y se entraría en un florida primavera... la alegre y jovial primavera que sucede a las energéticas tribulaciones y afanes por estar caliente de los menos afortunados...que también votan.


Por ahora contemplamos la adulación que hacia el gobernante le dedican los palmeros, con la sola finalidad de mantenerse en ese círculo de cocktails, gin tonics subvencionados y poder, más que erótico, hard core. Pero ¿dará tiempo a que seque la ropa en el tendal, hasta que veamos al gobernante en funciones campañaneando, dándonos palamaditas en el hombro y exhibiendo las fosforescentes fundas dentales de clínica privada? Yo, por si un acaso u otro, no me cambio de muda, no me vayan a disolver las Cortes con un improvisado corte de mangas y me pillen con los calzones prendidos en pinzas y llorando las lágrimas de un centrifugado que funciona a medias y cuando le da la gana.

Todo se está volviendo un cansino e italiano reloj de repetición. Sesenta y dos gobierno en sesenta y nueve años de península itálica con Plan Marshall. ¿Cuántas vueltas darán las agujas de mi amarillento reloj hasta que lo meramente externo del vencedor de esos comicios por venir inunde la televisión, y el oropel de la cañí acción de triunfar, aún con calzador, atiborre las frecuencias moduladas con sondeos patrios, vaticinios inspirados por una copa de coñá Soberano y chafardeos de opinión? La  'anomalía italiana' carcajeada desde la península ibérica, puede que sea la nueva 'anomalía carpetovetónica' sufrida con resignación, ajo arriero y diseño muy español y mucho español. 


Lo que gozan o sufren los espíritus hasta alcanzar la cotización y aquellos otros que vierten las lágrimas sin cesar por mor de los daños colaterales de la política, seguirá importando a los representantes de la cosa comicial lo mismo que los 'por qué suceden estas cosas', que al viento canta con un quejido el que ya tiene más vida vivida que por vivir y lo comido por lo servido... Esos quejidos que son como una amonestación del muerto, en espera de adjudicación de plaza definitiva, al vivo.
El entusiasmo fenece en su tiesto, seco, abandonado, mientras el reloj marca las horas y la puñetera campana los cuartos.