viernes, 26 de junio de 2015

VACAS GORDAS

El crédito se fundamenta sobre el hecho de que él, adormeciendo las advertencias y alarmas de la razón, en una especie de bonanza ensoñadoramente opioidea, excita las capacidades instintivas de nuestra naturaleza para acoger con brazos abiertos y hasta piernas abiertas, el sublime esplendor de la apariencia, el oropel de la mercadotecnia y las pausas comerciales, que es el mejor anzuelo y cebo para el consumidor de a pie. 
Así fue el crédito alimentando sueños de consumo y consumo y consumo... Nos hicieron creer que con un crédito en la mano, la prosperidad acudiría hacia nosotros atraida como por un imán. Que emprenderíamos negocios tan brillantes, que por arte de birlibirloque, atraerían, como moscas, a unos socios que aportarían más capital. Y con todo ese dinero que no se tenía, ¿qué se podría hacer? Ir a las rebajas de las tiendas caras, a comprar regalos, viajes, coches... 
Nos hicieron creer en un milagro económico que respondía al gráfico de una línea recta de pendiente ascendente definida por x puntos, y que presuponía/profetizaba el curso siguiente de la gráfica como el resultado de la prolongación de ese segmento, un subir por subir sin parar.

 Pero, aquellos que no creen, saben que los milagros, prosperidades y vacas grodas, son fenómenos irregulares, titubeantes y variables. Un viraje puede hacer que se desvanezcan los espejismos, que exploten burbujas, y que no quede ni rastro de las profecías avaladas por los más prestigiosos economistas a sueldo de los estados bancarios. Precipitándose al oscuro abismo, desciende, despedazándose golpe a golpe, tanto la empresa, como el crédito y como esos seres menores y débiles para el sistema financiero, que son los clientes, nunca seres, sino recursos humanos.